El proyecto moderno se asociaba al progreso lineal, al optimismo histórico, a las verdades absolutas, a la supuesta existencia de unas categorías sociales ideales y a la estandarización y uniformización del conocimiento. El posmodernismo, contrariamente, pone el énfasis en la heterogeneidad y en la diferencia, en la fragmentación, en la indeterminación, en el escepticismo, en el mestizaje, en el entrecruzamiento, en la redefinición del discurso cultural, en el redescubrimiento del «otro», de aquello marginal, aquello alternativo, aquello híbrido,

La lógica posmoderna ha propiciado que la cultura deje de ser vista como un conjunto relativamente uniforme y normativo de creencias, valores, actitudes, comportamientos y productos. Minorías y/o grupos subalternos cuyas voces habían sido anteriormente excluidas reclaman ahora atención como partes esenciales del sistema social: las variables de género, de clase, de etnia, de edad, de condición corporal delimitan las singularidades culturales de grupos específicos, cada uno con unas estructuras sociales y unas espacialidades específicas que obligan a replantear las geografías de la cultura v las relaciones entre cultura y espacio.
He aquí, por tanto, un método y también un estilo, especialmente visible en campos como la arquitectura, el arte o la literatura. Si el posmodernismo es un método y un estilo, la posmodernidad, en cambio, es una etapa. Es un concepto utilizado para definir, para caracterizar, la lógica económica, social, cultural y territorial del llamado capitalismo tardío, aquel que se inicia aproximadamente hace ya casi cuarenta años y que coincide con el inicio de unas transformaciones geopolíticas mundiales excepcionales en las que aún estamos metidos de lleno. Una etapa caracterizada por el papel creciente y decisivo de las tecnologías de la información y de la comunicación; por la aparición de una nueva economía desmaterializada, deslocalizada y basada en la globalización del capital; por un sistema de producción —y también de consumo—, llamado posfordista, que prioriza la acumulación flexible, la instantaneidad, la enmendad; una etapa caracterizada por el final de la Guerra Fría y el hundimiento del bloque comunista; por la emergencia del multiculturalismo, el mestizaje y la hibridez; por el triunfo de la imagen, el simulacro, la representación, la realidad virtual.

Así pues, utilizaremos en este proyecto el término posmodermidad en tanto que categorizador de una etapa y de un momento que han generado su espacio y su paisaje. Una etapa, en definitiva, radicalmente diferente a la anterior, a la moderna, lo que no implica que ésta haya desaparecido del todo, ni mucho menos. De hecho, coexiste e interacciona con la actual a través de complejos mecanismos. Efectivamente, coexisten hoy en día regiones claramente definidas por los principios posfordistas junto con otras todavía regidas por estructuras fordistas, lo que, al entrada, induciría a pensar que en el nuevo sistema prima la desorganización o el eclecticismo. Nada más lejos de la realidad. El capitalismo no se desorganiza, sino todo lo contrario: se reorganiza a través de la movilidad y de la dispersión geográficas, a través de la flexibilidad de los mercados y de los procesos laborales, a través de la innovación tecnológica y a través de una nueva concepción del espacio y del tiempo en la que el paisaje adquiere un rol especial. Como mostró en su momento, en la transición del fordismo al posfordismo el espacio y el tiempo se han comprimido, lo que ha provocado un impacto inicialmente —sólo inicialmente— desorientador en las prácticas políticas y económicas y en las relaciones sociales y culturales. La distancia es más relativa que nunca y esto sitúa los lugares, a priori, en una similar ‘posición de salida’. Cada vez más lugares pueden aspirar a convertirse en el destino de una planta industrial, de un centro comercial o, simplemente, de un turista. Más y más lugares se convierten, progresivamente, en potenciales candidatos a desarrollar muchas y muy diversas actividades.
Me gusta:
Me gusta Cargando...